Tantauco

Nicolás Carreño ,


La memoria es fr�gil, as� que voy a escribir.

Caminar en medio de la naturaleza y rodearse de seres vivos distintos a los que encierra una ciudad, ser capaz de planificar una ruta de varios d�as y completarla, utilizar el cuerpo y la mente para lograr hacerse parte de un lugar natural, son cosas que siempre me han llamado la atenci�n. Torres del Paine, Cerro Castillo, Dientes de Navarino son lugares �nicos, que dejan extasiado de tanta belleza. Me faltaba conocer los senderos de Tantauco�

El sendero tiene 2 partes: un tramo de norte a sur que se recorre en 5 d�as, que se conoce como el �sendero transversal�, es el que elige la mayor�a de la gente que viene al parque; y un brazo lateral que va a caleta zorra, que adiciona 3 d�as m�s, y que se conoce como la �ruta Tantauco�. En el sendero transversal hay muchos renovales de cipresales que fueron arrasados por el fuego hace m�s de 80 a�os, donde se hace evidente la lenta velocidad de recuperaci�n de estos ecosistemas cuando son da�ados. Pero tambi�n hay segmentos con bosque maduro, donde arrayanes, mel�, ma��o, tepa, canelos, coig�es y cipreses se dan cita para una dura competencia por tocar el cielo. Sin embargo, el bosque m�s bello est� camino a caleta zorra; ah� los �rboles son tan grandes, que el sotobosque se �arrodilla� para formar una alfombra de colores y texturas a pocos cent�metros del suelo, dejando espacio para la admiraci�n y respeto de estas criaturas que llevan cientos de a�os viviendo en la tierra. Adem�s esos tres d�as adicionales son coronados por las vistas de la caleta, donde uno se puede pasar un buen rato esperando ver alg�n soplo en el agua, porque ese lugar debe ser un para�so para las ballenas que van de paso con sus cr�as�

En los senderos hay mucho que mejorar. El principio n�mero uno de �no deje rastro�, �camine y acampe en terreno resistente�, es dif�cil de cumplir en un lugar que alterna una delicada esponja saturada de agua, la turba, que al pisarla se destruye y r�pidamente es remplazada por barro blando, el cual abunda en todo el recorrido; con cipresales que tienen una red de resbalosas ra�ces que obligan a levantar los pies y dar pasos largos, con un alto riesgo de no encontrar el apoyo esperado y terminar en el suelo tratando de que la pesada mochila que llevas no te caiga encima. En muchos tramos hay �pavimentos de troncos�, restos de antiguas rutas de hacheros que recorrieron esas tierras sacando madera hace varias decenas de a�os, donde se observa que la turba crece en perfecta armon�a con los eslabones firmes que evitan que se acumule el barro. En otros tramos hay pasarelas de madera y escaleras, donde cada paso tiene que ser dado con extremo cuidado para no resbalar, pero que permiten poner una distancia prudente con el delicado suelo que hay debajo. Una vez que se logra encontrar un ritmo para avanzar por la pasarela, uno se encuentra caminando por encima de una extensa red de telas de ara�a que adoptan formas incre�bles, y que cuando un rayo de luz se cuela entre las hojas de los �rboles generan un espect�culo de brillos reflejados por las gotitas de agua que cuelgan de ellas. O una �hoja de coig�e que salta� que resulta ser una ranita de Darwin (Figura 1). O un caracol gigante que mantiene sus cachitos extendidos indiferente de sus observadores. El silencio de esos lugares s�lo puede ser interrumpido por un chucao curioso que se acerca a verificar si apareci� alg�n gusano bajo el terreno removido por los bototos de los caminantes (Figura 2). O alg�n grupo de rayaditos que se interesan por conocer un poco m�s de cerca a estos seres de formas y colores extra�os que cada cierto tiempo se detienen a tomar aliento. Todos los habitantes del bosque parecen no inquietarse demasiado con la escasa presencia humana.

Figura 1: Ranita de Darwin (Rhinoderma darwinii). Fotograf�a de Carolina Heresi.

Figura 2: Chucao (Scelorchilus rubecula). Fotograf�a de Carolina Heresi.

Al caminar uno se encuentra en el barro con muchas huellas de animales que tambi�n usan el sendero. Es f�cil reconocerlas: el pud� deja una huella de ciervo, el zorro deja una huella de perro, la g�i�a deja una huella de gato; a veces se ven huellas de p�jaros: una madre que se aventur� con sus polluelos� Evidentemente la inmensa mayor�a de los animales que viven ah� son nativos. Si uno se sale del sendero encuentra m�s rastros: un cerro de caca de pud� en el mismo lugar donde a uno le gustar�a inaugurar un ba�o (Figura 3); restos de jaiba en el excremento de un zorrito que se aventur� hasta la costa para ampliar la variedad de su dieta; se escuchan sinfon�as de croares en las cercan�as de los lugares para abastecerse de agua.

Figura 3: Pud� (Pudu puda). Fotograf�a de Carolina Heresi.

Un cap�tulo aparte merece el abejorro chileno (Figura 4). En peligro cr�tico de extinci�n, desplazado por el abejorro europeo en la mayor parte de Chile, en Tantauco es el rey y se�or de los chilcos y coicopihues. Y son cientos, sino miles. De flor en flor con su vuelo lento, devor�ndose incansable el n�ctar que se les ofrece generoso, concentrados en la tit�nica tarea de preservar a su especie y mantener el bosque saludable. Pero tambi�n descansan, y es en ese momento donde se produce una oportunidad �nica para el visitante de ojos aguzados, porque al encontrarlo durmiendo en el extremo de alguna rama se les puede tomar fotos con la c�mara pr�cticamente encima y sin que siquiera se enteren. Una maravilla�

Figura 4: Abejorro chileno (Bombus dahlbomii). Fotograf�a de Carolina Heresi.

Yo sab�a que necesitaba una chaqueta resistente al agua y al mismo tiempo resistente a los rasgu�os de las ramas. Lejos la mejor inversi�n en equipo que he hecho, no porque fuera muy buena para el agua, pr�cticamente no llovi� los d�as que estuve ah�; ni tampoco porque hubiera estado en riesgo de rasgarse al engancharse en una rama. Sino porque la capucha me hac�a parecer una flor y los picaflores desconcertados se acercaban a toda velocidad directo mis ojos. Afortunadamente se alcanzaban a dar cuenta de que algo raro suced�a y se paraban en seco frente a m�, a menos de medio metro de distancia, y se quedaban mir�ndome fijamente. Llamar la atenci�n de un picaflor y tener un encuentro a tan poca distancia es realmente hermoso�

Los refugios son otro punto alto de la traves�a de Tantauco. Tienen una cocina-comedor alrededor de una estufa a le�a, y un dormitorio, todo en el mismo espacio para permitir que el calor del fuego se distribuya homog�neamente; con una letrina, una le�era y un par de mesas en el exterior para poder disfrutar afuera durante los d�as de calor� En abril los d�as son cortos y una vez que se pone el sol hace fr�o, as� que no era necesario nada m�s que el calor del fuego. Al final del d�a se establecen ciertas rutinas: meterse al lago/r�o con zapatos y polainas para sacarse un poco el barro, cortar le�a con el hacha del refugio, hacer fuego, calentar agua para alimentar la ducha port�til, ducharse, ponerse ropa seca y menos sucia, cocinar, comer, secar la ropa y los bototos para caminar al d�a siguiente, cargar los dispositivos electr�nicos, meterse al saco a dormir. Un par de alarmas durante la noche para mantener el fuego vivo, levantarse todav�a de noche para tomar desayuno y arreglar la mochila para una nueva jornada de caminata, y finalmente iniciar la marcha con las primeras luces de la ma�ana. No todos los refugios tienen agua corriente cerca, y seg�n qued� escrito en las bit�coras que guardan las historias de cada refugio, el aprovisionamiento de agua en algunos puntos fue un problema importante por muchos a�os. La soluci�n se obtuvo de la observaci�n de la naturaleza alrededor: en Chilo� no hay nieve que permita almacenar agua en las cumbres y asegurar que los r�os corran durante todo el a�o. El agua se almacena en las turberas; son ellas las encargadas de mantener el bosque vivo. Como los techos est�n hechos de turba, basta con conectar las canaletas a un estanque para aprovechar el agua que se deposita sobre el refugio y que por gravedad se va acumulando generosamente.

Un par de tramos son especialmente largos y duros, muchos caminantes tienen que terminar el d�a con ayuda de una linterna. Pero el bosque te ofrece como recompensa un espect�culo que no es posible observar a la luz del d�a: despiertan los monitos del monte, que corren a toda velocidad entre las quilas y se acercan con sus grandes ojos hacia las fuentes de luz; las ranas saltan sorprendidas en el sendero cuando el ruido de los caminantes se aproxima; aparecen nuevos sonidos en el bosque� Por otro lado son justamente los segmentos m�s dif�ciles del sendero los que uno termina haciendo de noche: el paso junto a un acantilado, donde no se tiene noci�n de la altura a la que va el r�o que corre al fondo del caj�n. O una subida entre las ra�ces de los �rboles, donde una cuerda amarrada para ayudar en la escalada es la �nica clave que indica que uno sigue por la ruta correcta. Por lo que llegar a algunos refugios es realmente un premio mayor.

Hay 2 lugares especiales durante el recorrido, porque son algo que no se observa con mucha frecuencia en las �reas silvestres protegidas de Chile. Y que en este caso particular son verdaderos monumentos al cipr�s de las guaitecas. Se trata de unas torres de alrededor de 15 metros que se ubican al comienzo y al final del sendero; la primera permite observar la geograf�a del recorrido que uno tiene por delante en los pr�ximos d�as, y la �ltima es el premio al esfuerzo de completar los exigentes 94 kil�metros, con vistas a todo el bosque virgen que se acumula al sur Chilo�, con los canales que se forman entre las islas cercanas y el cielo con nubes pintadas a mano de fondo.

En la medida que uno se acerca a la caleta In�o, se pregunta qu� puede motivar a esa gente a vivir tan aislados e indiferentes del mundo agitado que uno conoce. La respuesta es obvia: ellos siempre han vivido ah� y son herederos de los habitantes que por miles de a�os han poblado el archipi�lago. Son chonos que siguen aprovechando los frutos del mar, que han construido sus casas y sus huertas seg�n las recomendaciones de los misioneros cat�licos que llegaron a evangelizarlos, que mantienen la estructura social tradicional. Es un privilegio hablar el mismo idioma y poder compartir con ellos en el calor de su hogar. Una empanada de loco - queso, un r�balo reci�n capturado, preparado por una experta en cocinar pescado, acompa�ado de tomates, lechuga, zanahoria y betarraga sin huella de carbono, porque acaban de ser cortados a pocos metros de la mesa, pan reci�n salido del horno con mermelada de murta con mosqueta, o simplemente un mate�

No quiero que se borren de mi retina estas im�genes.


¿CÓMO CITAR?


Carreño N., (2025). Tantauco. Revista Chilena de Medicina Intensiva, 38(1). Recuperado de https://www.medicina-intensiva.cl/revista/articulo.php?id=49
Carreño N., 2025. « Tantauco» . Revista Chilena de Medicina Intensiva, 38(1). https://www.medicina-intensiva.cl/revista/articulo.php?id=49
Carreño N., (2025). « Tantauco ». Revista Chilena de Medicina Intensiva, 38(1). Disponible en: https://www.medicina-intensiva.cl/revista/articulo.php?id= 49 (Accedido: 5abril2025 )